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Ya tenemos ganador y finalista del IV Concurso de Literatura Erótica «Muerde la Manzana»

  • 10 julio 2024
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La IV Edición del Concurso Amateur de Literatura Erótica «Muerde la Manzana», organizado por Gleeden, ha concluido con éxito rotundo de participación.

Han sido más de 100 los relatos recibidos en esta edición organizada íntegramente a través de las redes sociales ¡un éxito total!

Un año más Gleeden ha organziado su certámen anual de Relatos Eróticos amateur «Muerde la Manzana», un concurso que se va afianzando edición tras edición. En esta ocasión, el concurso se organizó íntegramente online a través de IG de la mano de nuestra embajadora, la periodista e influencer Marta Riesco y de reputadas escritoras de novela erótica como Alessandra Neymar y Estefanía Ruíz, que también han actuado como jurado.

Tras una difícil deliberación, el jurado ha elegido por fin el relato ganador y el finalista, que además de ser publicados en nuestras plataformas y de ser leídos/publicados por nuestras influencers en sus redes, sus autor@s también obtienen interesantes premios: el 1er premio es un fin de semana erótico-festivo para dos de «Mil y Una Noches» y la saga de novela erótica «Bajo el cielo púrpura de Roma» de Alessandra Neymar. Y el finalista obtiene un lote de libros eróticos de la editorial Penguin.

Y aquí los tienes, ¿preparad@ para fantasear y disfrutar?

Relato Ganador: «Letras de placer» por J.C. Pontes

Estábamos sentados en el suelo.

Su pecho desnudo pegado a mi espalda. Mis manos temblorosas sostenían el libro que yo estaba leyendo cuando él abrió lentamente mis piernas. Las yemas de sus dedos subieron hasta mis rodillas y me estremecí al sentir que sus húmedos labios se apoyaban en el tatuaje de mi hombro, dejando pequeños besos sobre mi piel y repasando cada línea con su lengua.

Cerré los ojos con fuerza e incliné la cabeza hacia atrás, dejándole más espacio para que me volviese loca.

Sus manos subieron por el interior de mis muslos, dejando un rastro de calor abrasador allá por donde tocaba. Llegó al pliegue de mi falda al mismo tiempo que sentía cómo su lengua subía por mi cuello. Entonces, dejé de respirar, saboreé la anticipación. Mordió mi yugular con más fuerza de la habitual y gemí cuando sus manos se adentraron, al fin, debajo de mi falda, apretando un poco mi piel mientras continuaba su camino.

Dejé caer el libro cuando sus dedos acariciaron mi sexo por encima de mi ropa interior. Su respiración se hizo más pesada en mi cuello y pude sentir su miembro apretándose contra la parte baja de mi espalda. Me moví con la intención de crear un poco de fricción, pero él me detuvo.

—Sigue leyendo, veamos cómo sigue la escena —me susurró al oído antes de morderme el lóbulo.

Esperé unos segundos para recobrar el aliento, pero no fue fácil teniendo todo su cuerpo contra el mío. Levanté el libro lentamente y continué leyendo con la voz entrecortada:

—«Las manos de Eric llegaron al centro de Helena, haciendo que suspirase por el placer que el hombre le estaba brindando».

—Hasta ahí ya hemos llegado, ¿no? —me preguntó, colando sus manos bajo mis bragas.

Me mordí el labio y abrí más las piernas, inconscientemente, invitándole a que siguiera con lo que estaba haciendo. Uno de sus dedos subía y bajaba, pero no ejercía la presión que yo necesitaba.

—Si no sigues leyendo, no vamos a poder avanzar.

—«E… Eric se puso tenso al escuchar el gemido que liberó la joven que tenía entre sus brazos. Quería fo… follársela sin ninguna clase de juego previo, pero también quería alargar ese momento lo máximo posible. Así que metió…».

No pude seguir leyendo en voz alta porque un escalofrío me recorrió entera. Sabía lo que Eric, el personaje, iba a meter y solo pensar que a mí me harían lo mismo…

—¿Qué metió, cariño? —preguntó mi chico, inocentemente, mientras apoyaba una de sus manos en mi pecho para masajearlo con lentitud, haciéndome jadear.

Moví las caderas hacia atrás e hice presión contra su miembro. Gimió en mi oído y no pude evitar sonreír, y es que a ese juego podíamos jugar los dos.

—«Así que metió dos de sus dedos dentro de Helena en un solo movimiento. Sintió a la chica contraerse a su alrededor y supo que ese sería su…».

Sus dedos entraron en mí sin previo aviso, igual que en el libro, brindándome el mismo placer que Helena estaba experimentando. Pero sus dedos no se movieron, estaban estáticos dentro de mí. Intenté moverme, pero él no me dejó. Tenía que seguir leyendo.

—«Supo que sería su nuevo… pasatiempo favorito. Helena cerró los ojos al sentir los dedos de Eric… entrar y salir muy lentamente, marcando un ritmo… tortuoso que le hizo plenamente consciente de su propio cuerpo».

La mano de mi chico comenzó a moverse. Dentro, fuera, despacio, tal y como estaba descrito en el libro. Agarré la novela con fuerza y cogí aire de forma entrecortada. Esa velocidad me estaba volviendo loca, pero no quería que eso terminara ahí.

—«Eric comenzó a aumentar sus… embestidas, queriendo llevar a Helena hasta el límite, queriendo ver su cara de éxtasis al llegar al…».

Cerré los ojos al sentir cómo el ritmo cambiaba y se adaptaba a lo que acababa de leer. Empecé a sentir cómo el calor de la habitación se hacía insoportable, sofocó mi mente hasta el punto en que no pude pensar en nada más que en esos dedos. Quería mucho más y sabía que la única forma de conseguirlo era seguir leyendo.

—«…al llegar al clímax. Sabiendo que… no le quedaba mucho, comenzó a presionar el clítoris con su otra mano sin ningún cuidado, sin… ningún pudor, solamente queriendo que su chica se… corriese».

Gemí incluso antes de notarlo y comencé a mover las caderas para poder sentir mucho más: sus dedos entrando y saliendo, su otra mano haciendo círculos sobre mi clítoris y su miembro erecto pegado a mi espalda. Él también empezó a restregarse contra mí, buscando la suficiente fricción que le hiciese liberarse.

Y, entonces, lo supe: el libro ya no importaba. Así que lo dejé a un lado y llevé una de mis manos a mi espalda para alcanzar su miembro. Pasé el pulgar sobre la punta y lo escuché gemir profundamente en mi cuello al mismo tiempo que aumentaba la velocidad de sus caricias. Todo se desarrollaba a un ritmo diferente, pero encajaba a la perfección.

Mi mano también comenzó a ir más rápido, provocando que su respiración se hiciese más pesada. Sentía que estábamos cerca, su pene crecía entre mis dedos y yo estaba a punto de caer por el abismo de un increíble orgasmo.

Entonces, sentí cómo un tercer dedo entraba en mí y grité de puro placer, apretando su miembro con fuerza. Él pellizcó mi clítoris y yo me centré en su glande, logrando que ambos gimiéramos como locos. Su mano comenzó a moverse más rápidamente sobre mi clítoris y llegó mi perdición. Me dejé ir mientras él no paraba de darme placer. Pero yo tampoco me detuve y pude sentir una humedad entre mis dedos a la vez que mi chico me mordía con fuerza el cuello.

Me giré a mirarlo, sonriente y jadeante, y, cogiendo su cara entre mis manos, le pregunté:

—¿Qué te parece un capítulo más? …

Relato Finalista: » En el teatro» por Andrea Serughetti (SERU)

Noche de teatro, rigurosa etiqueta.

Empieza el acto primero del Fantasma de la Ópera.

Sentado en el palco de la última planta, me dispongo a otear por mis binoculares al público asistente. Entonces, la veo, sentada con semblante serio, rodeada de caras aburridas. Pelo recogido, labios rojo cereza, pendientes largos.

Repentinamente, se levanta, mostrando un vestido negro de cuello alto, y al girarse para salir del palco exhibe su espalda descubierta, elegante y sensual, contoneándose dulcemente.

Me apresuro a hacer lo mismo con la intención de cruzarme con ella en el pasillo. Mi cabeza intenta encontrar algún pretexto coherente para sonsacarle alguna frase cuando la veo acercarse, caminando segura e imponente. Nuestras miradas se mantienen según vamos acercándonos hasta cruzarnos, esbozando una tímida sonrisa.

Varios pasos después, me giro y digo con un tono sorpresivo: 

—¿Silvia?

Ella se detiene y se gira para contestar:

—Julia.

—Perdón —respondo—. Pensé que…

—Tranquillo, no pasa nada —dice ella.

Y reanuda su camino hacia el ascensor, aunque, justo antes de entrar, se le cae el guion teatral. Así que me detengo y vuelvo sobre mis pasos para intentar devolvérselo, apretando repetidamente el botón de llamada. Se abren las puertas y ahí está ella con cara de circunstancia. Extiendo mi brazo para devolverle el programa y digo:

—Disculpa, Julia, se te ha caído esto. No quería incomodarte.

Entonces, ella sonríe y asiente.

—¿Una copa? —me pregunta—. ¿Me acompañas?

Sorprendido, las puertas vuelven a cerrarse y, de repente, su mano las frena, abriéndolas de nuevo.

—Venga, ¡vamos!

Entro y la saludo.

—Me llamo Roberto —me presento—. ¡Qué vistas tan bonitas! Desde aquí se ve casi toda la ciudad. Es lo que tiene estos ascensores externos —comento, intentando evitar ese silencio incómodo y típico.

—Sí, la verdad es que de noche esta ciudad es especial. Sobre todo, viéndola desde aquí —responde ella, ligeramente nerviosa.

Me giro para seguir la conversación cuando, inesperadamente, ella da un paso hacia mí, mirando mi boca y mis ojos, hasta que su mano izquierda se me posa en la nuca. Julia se moja suavemente los labios con la lengua y, entonces, me besa. Se aparta, me mira. La miro y, sin más, empezamos a comernos la boca.

Nuestras lenguas inician un frenético baile, buscándose entre ellas. Mordiscos en el labio y vuelta a juguetear con nuestras lenguas. El libreto cae y la mano de Julia empieza a desabrochar mi cinturón y, después, el botón del pantalón. Introduce su mano y agarra mi dura polla. Mi mano, que ya ha recorrido parte de su muslo hasta deslizarse por su ingle, aparta ligeramente su tanga de encaje negro y toco su coño húmedo con mis dedos, notando cómo se va mojando cada vez más, cómo su excitación va en aumento.

Separo mi boca de la suya para mirarnos otra vez, y la giro para ponerla de espaldas a mí. La inclino ligeramente hacia adelante, abro sus piernas y me agacho para saborear su sexo empapado mientras su vestido me esconde. Mis manos abren sutilmente sus nalgas para poder lamerla mejor.

—¡Joder, Julia! —digo.

Ella no deja de pedirme que siga. Tiene la cara pegada al cristal del ascensor mientras gime tímidamente al tiempo que mi lengua juega con su clítoris y hundo ligeramente mis dedos en su cálido sexo. Se apoya con una mano en el cristal para sostenerse y, con la otra, se toca y retuerce los pezones, excitada.

El ascensor aún parado. Y Julia se gira, atrapa mi cara entre sus manos para que me ponga de pie y saborea mis labios con su lengua. Se relame y, a continuación, se pasa los dedos por su mojado coño y se los chupa.

—Ahora, fóllame —me dice.

Y yo la agarro por los muslos y la levanto del suelo. Ella me rodea el cuello con los brazos y la cintura con las piernas mientras mi pene erecto entra en su sexo. Apoyo su espalda contra el cristal del ascensor y volvemos a comernos la boca sin control. Sus uñas se clavan en mi espalda, el tanga húmedo cuelga de su tobillo mientras cabalga sobre mí, jadeando en mi oído lo mucho que le gusta sentirme dentro de ella. Nuestros cuerpos empiezan a hervir, los cristales del ascensor se empañan.

Decido tumbarme en el suelo y Julia se sienta a horcajadas sobre mí, apoyando sus manos en mi pecho al tiempo en que su vagina lubrica mi pene cuando vuelve a deslizarse dentro. Sube y baja, despacio. Me estremezco de placer, suspiro y resuello mientras ella me dice que está a punto del orgasmo. Mis manos aprietan sus pechos y me reincorporo para morderle los pezones duros.

Su mirada se pierde en la mía, la mía en la suya. Aceleramos nuestros cuerpos, nuestras bocas se llenan de lujuria, nuestros sentidos están descontrolados. No paramos de frotar nuestras pieles, friccionando nuestros sexos, y nos corremos en un solo orgasmo que nos funde.

Un instante después, nos vestimos con rapidez. Julia se pinta los labios, se pone el tanga y se coloca bien el vestido. Recojo su zapato de tacón y le agarro suavemente el tobillo antes de apoyar su pie sobre mi muslo. La miro desde abajo. Ella me responde y, mientras sonríe, mete en mi boca los dedos de su pie. La vuelvo a mirar, se los chupo y, lamiendo lento el interior de su pie, llego con mi lengua hasta el tobillo.

Finalmente, le pongo el zapato y me incorporo a su lado tras recoger la guía teatral. Volvemos a mirarnos.

—Julia —digo.

—Roberto —responde.

—¿Aún te apetece esa copa? 

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